El liderazgo empieza por uno mismo
Durante años, Martín creyó que liderar era levantar la voz, dar órdenes claras y caminar siempre unos pasos delante de los demás. Lo había aprendido observando a sus jefes, repitiendo gestos que parecían funcionar y escondiendo las dudas que le incomodaban. Desde fuera, su rol parecía firme. Por dentro, no tanto. Cada mañana llegaba antes que todos, revisaba informes, corregía errores ajenos y tomaba decisiones rápidas. Sin embargo, algo no encajaba. El equipo cumplía, pero no se comprometía. Nadie proponía ideas nuevas. Nadie discutía sus decisiones. Y eso, lejos de tranquilizarlo, lo inquietaba. El punto de quiebre llegó un día cualquiera, en una reunión sin sobresaltos. Mientras hablaba, notó miradas ausentes, cuerpos presentes pero desconectados. Terminó su exposición y, por primera vez, no pidió opiniones. Guardó silencio. Ese silencio fue incómodo, pero revelador. Nadie sabía qué decir. Nadie sentía que su voz importara. Esa noche, Martín no pensó en el equipo. Pensó ...